- Lili, ¿cuál es mi nombre? -Preguntó un joven de cabellos morenos y ojos azules brillantes, iguales que los de la joven italiana.
- Nico. -Dijo la chica sin dudarlo un solo segundo.- ¿A qué viene esto?
- ¿Qué te sugiere mi nombre? -Preguntó Nico, haciendo caso omiso a su pregunta. El chico sonrió como siempre, pero a su vez curioso por la respuesta de su amiga.
- Muchas cosas. -Liliana calló unos segundos, buscando un respuesta. Chasqueó los dedos, sonriendo. Tenía la respuesta.- Mi mejor amigo, mi salvador, el hermano que nunca tuve y tendré, Nico el de las Mil y una Maravillas, el que me reconoce a distancia, el que sabe como me siento en cada momento. Es quien no me pide abrazos o me pide permiso para recibir uno. Es aquel me saca una sonrisa en cualquier momento.
Al joven se le iluminó la mirada ante esas palabras. Para Lili, él significaba mucho, quizá demasiado. Lo necesitaba en su vida. Le quería y no sabría que hacer si lo perdiera.
- Vamos llegamos tarde a clases. -Apremió el muchacho, agarrando la mano de la italiana, tirando de ella.
A su paso, las hojas iban creando una lluvia de color ocre, y sus pasos se veían amortiguados por ellas.
Llegaron con tiempo, jadeando por la carrera. Ellos siempre estaban juntos, apenas se separaban. Se compenetraban a la perfección, pero no sabían porqué.
En un momento, Nico abrazó a Liliana con tal fuerza que la dejó sin respiración por unos momentos.
- ¿A qué viene esto?
- A tu respuesta. -El chico rió con ganas.
Ambos se conocían. Sabían toda su vida el uno del otro. Pero al igual que todos, siempre quedaba algo que no iban a saber ambos.
* * * * * * *
Era una tarde de invierno en Viena. Los dos amigos habían salido a dar una vuelta por la ciudad, llegando hasta un parque céntrico. Las calles estaban cubiertas por una capa no muy espesa de nieve. Y el cielo aún gris, pero por ello, no dejaba de nevar. Desde el comienzo de su paseo, Nico no había hablado mucho. Estaba preocupado, como pensando en algo. Se pararon frente a una fuente, ahora sin echar agua por los cuatro puntos cardinales, en los cuales había como una especie de caracolas. Fue en ese momento cuando Liliana se decidió a preguntar.
- Nico, ¿qué ocurre?
- Es... Algo complicado de explicarte. -Susurro, sin mirarla. Miraba la nieve. Frunció los labios de tal manera que formaran una finísima línea.- Oye, Lili. ¿Por qué la nieve es blanca?
Esa pregunta la pilló con la guardia baja. Pensó en sus palabras anteriores y luego en la respuesta.
- Quizás porque haya olvidado su color. Pero no por ello deja de ser igual de bella. -Guardó las manos en los bolsillos completamente agarrotadas por el frío.- Explícame tus palabras, por favor.
Nico suspiró con pesadez, costosamente. Luego miró directamente a los ojos azulados de su amiga. En ellos se veía tristeza, ¿a qué se debía? ¿Dónde había quedado ese brillo de alegría, de felicidad?
- Los médicos me han... Hecho unas pruebas. Y... -Abrazó a su compañera, con cariño, como si quisiera aferrarse a ella sobretodas las cosas.- Me quedan tres meses de vida. Tengo un problema de corazón. No hay solución, Lili. Es imposible remediar todo esto.
La joven enterró el rostro en el pecho de él, abrazándolo por los hombros, negando varias veces mientras las lágrimas comenzaban a aflorar por sus ojos bajando por sus mejillas.
- No, no, no. No es verdad, Nico. -Decía con voz ahogada por las lágrimas, rota por la noticia.- Esto es mentira. No puedes irte así como así. ¡No es justo! Tú no.
En ese momento el abrazo se rompió. Nico se separó de ella, pero apoyó ambas manos sobre los hombros de su amiga.
- Mírame, por favor. -Liliana alzó la mirada, tenía los ojos rojos e hinchados por haber llorado, y Nico tenía la mirada anegada a lágrimas que intentaba contener.- Aunque no esté aquí. Tú continúa hacia adelante. No miras hacia atrás. Nunca. Recuerda todo lo bueno. Sonríe, no quiero verte llorar, ¿entiendes?
Ella asintió con lentitud, asumiendo todo. No quería llorar.
Pasados esos tres meses, Nico murió. Era el típico día gris, pero la primavera iba llegando poco a poco. Una brisa algo fresca soplaba en la ciudad apenas notable, pero en el cementerio se hacía notar.
"No llores, no llores", se decía a ella misma, "recuerda la promesa."
Hacía un par de meses, le había hecho una promesa a Nico.
<< - Prométeme que no llorarás cuando no esté aquí. -Dijo en un susurro apenas audible.
- Te lo prometo. Lo prometo.
- ¿Sabes qué? Por cada vez que llores, una estrella se apagará. Y no quiero eso. Quiero ver, saber que estás bien. Que sonríes. Que cada vez que lo hagas sea por los dos. >>
En ese mismo instante, al recordar aquel momento, sintió ganas de llorar. Terminado el funeral, dio el pésame a sus padres, pero ella se quedó un poco más allí. Observaba el lugar en el que ahora se encontraba su amigo, su buen amigo. Se acercó hasta ella. Los ojos le escocían, necesitaba llorar. Llorar de rabia, de impotencia, de dolor. Cayó rendida de rodillas sobre la hierba fresca. Llevo las manos hasta su cara, comenzó a llorar en silencio, impotente. ¿Por qué él? Precisamente él. La única persona que más le había importado, y se había ido. Se había ido para siempre.
- No llores, no llores. - Se decía a sí misma.- Lo que rompen la promesa son unos traidores. Cálmate, Liliana.
Lo siguió diciendo un par de minutos más. Hasta que consiguió calmarse. En ese momento se levantó, hizo un movimiento de mano, como una despedida, saliendo del cementerio.
"Cuando pierdes a alguien para siempre, lo que esa persona quiere es que no mires hacia atrás. Si no que continúes andando, por muchos obstáculos que encuentres a tu paso. Porque realmente, si esa persona para tí es importante, vives por ella y por tí."

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