martes, 4 de enero de 2011

ஜ En los lugares menos sospechados, puede que surja alguna sorpresa

- ¿¡Liliana!? - Apenas fue un grito entre todo el gentío en la urbe de Copenhague, que se perdió en ella. Todo eran personas, cabellos, palabras que se las llevaba el aire. En la entrada al teatro más conocido de la ciudad se encontraba la joven italiana, con sus cabellos rubios recogidos en dos trenzas que caían por sus hombros. Observaba el cartel con el título en una letra increíblemente llamativa. En color rojizo, adornado por un hombre, cubriendo la mitad su rostro con una máscara blanca. El Fantasma de la Ópera, esa obra de teatro, aquellos entrañables personajes. Esa obra de teatro que nunca pudo interpretar por una maldita enfermedad, por la enfermedad de su mejor amigo y que había acabado con su vida años atrás. Una ola de melancolía y añoranza se abalanzó sobre ella, dejándola sin respiración por unos segundos.

Una simple mano, un toque en su hombro, una voz totalmente conocida fue suficiente para sacarla de aquel mar negro para convertirse en una cantidad rebosante de sentimientos fraternales, llenos de ternura y cariño. Su padre. Del que de pequeña se consideraba su enamorada junto con su madre. Sus ojos comenzaron a escocerle, pero no le importaba. Lo había echado de menos, pero no se imaginaba hasta que punto era aquel sentimiento de necesidad. Su cuerpo pedía a gritos un abrazo de aquella persona, una simple caricia, una sola palabra de sus labios para hacer que volviera a ser aquella niña, que conocía un poco del mundo, pero que sin embargo, mantenía su inocencia intacta, su brillo infantil y bondadoso en aquella mirada azulada, que aumentó aquel color gracias a las lágrimas.

- ¿Papá? - Dijo, con voz costosa ahogada por las lágrimas y la emoción. Le costaba creerse que, después de tanto tiempo, se lo encontrara en el lugar que menos se esperaba. Tardó en reaccionar, asegurándose de que no estaba soñando, que eso no era una pesadilla, que era real. Cuando fue consciento de aquella realidad, sus ojos permitieron que un par de lágrimas recorrieran su piel, humedeciéndola, dejando un rastro mojado en sus mejillas y aquel sabor salado. Sin pensárselo dos veces, se tiró a su brazos, volviéndose a sentir niña cuando se percató de que su padre la rodeaba con los suyos.

¿Era eso real? ¿Era, acaso, ese su padre? Lo más probable sería que fuera una mala pasada, un juego de su mente que le hacía creer que ese era su padre. Pero él estaba allí, era real, no era producto de su imaginación.

- Vamos a otro lugar. Aquí no nos podemos quedar, pequeña. - La tomó de la mano, sin esperar respuesta alguna y la guió hasta un pequeño puerto pesquero, donde se podía respirar total tranquilidad, y el sabor del aire era salado, agradable y fresco. - ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Aquella respuesta la pilló por sorpresa, no sabía que contestar, pero al hacerlo solo consiguió decir unas pocas palabras, y la mayor parte eran sueltas. Intentó calmarse, diciendo lo que quería desde un principio: - Porque solo he conocido una parte de Europa, y nunca pasé de Viena, y decidí venir hasta aquí.

- Y al llegar aquí, en un lugar que ni siquiera tú sospechaste, te surje una sorpresa. Me alegro de verte, pequeña. - La llevó hasta el final del muelle, dejando que observara el agua de mar. Estaba maravillada, era clara, transparente.

- ¿Y mamá? Ví que es Christine en el reparto de actores. - Un estremecimiento que apenas lo notó su padre, el mero hecho de haber sido dañada por un sueño en el que la mujer que la había herido tiene el mismo nombre que el personaje que interpretaba su madre. Se llevó una mano a su ojo, el mismo que dañó ella, pero era agua pasada.

- Está ocupada, en efecto, con a obra. Le ha costado demasiado conseguir ese papel, y se pasa el día en el teatro. Ya sabes como es ella, Liliana. El teatro es su vida, al igual que la mía es mi trompeta.

- Y yo, sin embargo, vivo de la actuación y la música, siendo una unión de las aficiones de mis padres. - En ese momento, sus labios se curvaron, formando una amplia sonrisa, dejando ver una hilera de dientes blancos, perfectos y brillantes. - Y mañana, me gustaría ver a mamá en acción.

- Eso no es problema. Irás conmigo, al fin y al cabo, somos de padre, madre e hija y nos darán luz verde.

La joven asintió. Echaba tanto de menos el poder volver a estar con su familia. Habían pasado dos años desde que se separaron, para muchos eso es poco tiempo cuando estás con la familia, pero una vez que te alejas de ella, se te hace eterno. Parece que aún así, todo ocurrió mucho tiempo atrás, pero cuando vuelves a reunirte, solo deseas que se pare el tiempo, que tú controles todo ese tiempo que se escapa sin nosotros poder impedirlo.

Al día siguiente, ya entrada la tarde, una gran cola de personas, todas ellas ataviadas con sus mejores ropas, se encontraban en la entrada del teatro, esperando que el portero cojiera su entrada y pudiesen pasar. Liliana y su padre, estaban en el camerino con su madre. Ella estaba terminando de arreglarse para su actuación, y su hija no dejó de hablar en ningún momento sobre todo lo que le había sucedido en aquellos dos años. Les habló de Noira, su gran amiga, pintora despistada, pero que se dejaba querer. De Ville, de todo lo que había pasado con él, de lo bueno y de lo malo. Les contó su viaje a Italia, la carta de su abuelo para ella y la muerte de su abuela, lo cual volvió a hacer que, por un momento, se volviera a hundir, pues ya eran muchas personas a las que había perdido y otras tantas la habían abandonado, y eso le resultaba incomprensible para ella. Sus padres, por el contario, le contaron todo lo bueno por lo que habían pasado, sus viajes por Francia y Luxemburgo, Bélgica y Alemania, y finalmente Dinamarca. Su madre, poco a poco se había ganado reconocimiento, y varios teatros la llamaban para que actuara con sus compañías, y su padre, seguía en su tónica, tocaba por las noches en los club's o locales que podía, frecuéntandolos varias noches, dándose a conocer. Después de contar todo lo sucedido, los tres se fundieron en un abrazo, como antes, y desearon suerte a Carla.


No perdió de vista ningún detalle, ni a su madre, que se metía en el papel, parecía todo completa realidad. Observaba a ratos a su padre, que miraba a su madre maravillado, orgulloso de que esa mujer, de cabellos rubios, algo más oscuros que su hija y ojos grisáceos fuera su mujer. Para Liliana, el mejor tesoro, más valioso que el oro puro, eran ellos. Sus padres, aquellos que le habían enseñado todo lo que sabe y que la habían apoyado y aconsejado siempre, los que nunca se apartaron de su lado.

Al día siguiente, Liliana debía de marcharse, había pasado tiempo fuera y sin, ni siquiera, despedirse de la gente que hubiera querido. Tenía que volver, no quería preocupar a más gente, pero prometió buscar a sus padres en otra ocasión. Su madre, tenía los ojos bañados en lágrimas, pero intentaba mantenerse firme, sin apenas derrarmar una sola lágrima, pero fue en vano. Estrechó a Liliana entre sus brazos, susurrando cuánto la extrañó y cuánto la extrañaría. Que a pesar de que había crecido, sigue siendo una niña. Su padre, casi hizo lo mismo, solo que la cogió por los costados, levantándola, sin hacer apenas fuerza, del suelo. Pero le dio un poco de dinero para el viaje de vuelta, pues lo necesitaría más adelante. En aquel momento, sentía que no podía dejarlos ahora que se había encontrado con ellos, pero ella quería seguir viajando, conocer mundo, y aún así, cuando subió en el tren que la llevaría de vuelta, sentía como dejaba atrás, otra vez, a las personas por las que recorrería tierra, mar y aire por ayudarlas.

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