" La semplicità con cui ti ho trovata è stata un mistero. Sorridi dolcemente, guardi avanti è tutto come un incanto. Non ci credo che io possa star con te. E penso intanto che io ho voglia di te, non capisco perchè, non c'è niente da dire. Io ho voglia di te, non capisco perchè, non c’è niente da fare. "
" La simplicidad con la que te conocí es un misterio. Sonríes dulcemente, miras hacia delante y todo es como un hechizo. No creo que yo pueda estar contigo. Y, mientras tanto, pienso que tengo ganas de tí, no entiendo porqué no hay nada que decir. Tengo ganas de tí, no hay nada que hacer. "
¿Sabes lo que eso quiere decir? Resume, en pocos guiones todo lo que he pasado, pensado y sentido contigo. Y, aún así, todo eso se puede aplicar al presente, y espero que al futuro.
Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. ¿Y sabes? En realidad yo he temido perderte, día tras día. Noche tras noche.
¡Quiero ser tu musa! Fue lo primero que dije, sin pensarlo, apenas. En ese momento, no era consciente de en qué mundo me iba a meter, de que ese hombre, llegaría a calarme hasta los huesos.
Estaré a tu lado. No me alejaré de tí, no lo olvides. Palabras, palabras, palabras. He hecho un millón de promesas, Ville. Demasiadas, todas cumplidas. He cometido errores, demasiados en mi vida. ¿Soy humana no? Tengo derecho a equivocarme y luego rectificar. Pero el peor error que cometí fue el alejarme de tí, sin más. Un ataque de celos. Síntoma de inseguridad, cierto. Pero no podía controlarlo, no entendía nada sobre la materia, absolutamente nada. Era una cría de diecisiete años, que no sabía lo que quería. Y ahora, ahora dieciocho años, he madurado en poco tiempo, he aprendido a convivir con ese síntoma, y ha sido tal, que ni siquiera me doy cuenta de ello.
Me recuerdas a ella. ¿Ella? ¿Quién era ella? Pensaba en ese momento, hasta que me mostraste una foto de Anja, vestida con el traje de ballet. Era una chica preciosa, realmente bella. La querías y la quieres, aunque ella no esté aquí. Ahora, puedo decirte como se siente una persona al perder a alguien a quién quieres. Primero cayó Nico y luego mi abuela.
Dejé de ser tu musa, a pesar de que prometí quedarme a tu lado, me fui. Pensaba que era lo mejor, que no me extrañarías. Y me equivoqué, cometí el mayor error que no me pude esperar. Entendería que no me perdonaras, que ni siquiera me miraras, lo entendería perfectamente. Tenía tu cartera, tus fotos, parte de tu vida en ella. Pensé en tirarle, estaba demasiado rota como para tener algo tuyo, pero no podía. Era imposible deshacerme de ese objeto que pertenece a alguien tan valioso como tú. Siempre que podía, la abría, miraba las fotos, una y otra vez. Y siempre me parecían extrañamente increíbles.
Cuando regresé de Italia, ya había sufrido las consecuencias de la Policía de allí. No dije nada, a nadie. Y di contigo. Te quería devolver la cartera pero te negabas rotundamente. Quédatela, me decías, siempre me lo dices. Pensé que no me ibas a recibir como me recibiste. No me reprochaste nada, no estabas borde. Nada. Me esperaba una reacción, pero no esas, que estuvieras borde, que me reprocharas, que no quisieras verme.
Me he ido tres veces, y esas tres veces, siempre me has recibido igualmente. Con los brazos abiertos, con una sonrisa en la cara, con abrazos, y besos. ¿Hay puestos libres para una ex-musa?, dije antes de volver a marcharme, sin avisar, a Dinamarca. Claro que los hay. Siempre habrá uno para tí, esa fue tu única respuesta. Dejé de ser para volver a ser. Musa, ex-musa y musa nuevamente. Todo eso ha formado parte de mí vida, de mis errores y de mi madurez.
Ers un ejemplo a seguir muchas veces, Ville. A pesar de toda tu vida, de todo lo que dejas atrás, sigues caminando, superando los obstáculos, ganando en vez de perder. Te admiro y te quiero. Ahora, más que nunca, no podría perdonarme el hacerte otra vez daño.
martes, 4 de enero de 2011
ஜ Nico ஜ
- Lili, ¿cuál es mi nombre? -Preguntó un joven de cabellos morenos y ojos azules brillantes, iguales que los de la joven italiana.
- Nico. -Dijo la chica sin dudarlo un solo segundo.- ¿A qué viene esto?
- ¿Qué te sugiere mi nombre? -Preguntó Nico, haciendo caso omiso a su pregunta. El chico sonrió como siempre, pero a su vez curioso por la respuesta de su amiga.
- Muchas cosas. -Liliana calló unos segundos, buscando un respuesta. Chasqueó los dedos, sonriendo. Tenía la respuesta.- Mi mejor amigo, mi salvador, el hermano que nunca tuve y tendré, Nico el de las Mil y una Maravillas, el que me reconoce a distancia, el que sabe como me siento en cada momento. Es quien no me pide abrazos o me pide permiso para recibir uno. Es aquel me saca una sonrisa en cualquier momento.
Al joven se le iluminó la mirada ante esas palabras. Para Lili, él significaba mucho, quizá demasiado. Lo necesitaba en su vida. Le quería y no sabría que hacer si lo perdiera.
- Vamos llegamos tarde a clases. -Apremió el muchacho, agarrando la mano de la italiana, tirando de ella.
A su paso, las hojas iban creando una lluvia de color ocre, y sus pasos se veían amortiguados por ellas.
Llegaron con tiempo, jadeando por la carrera. Ellos siempre estaban juntos, apenas se separaban. Se compenetraban a la perfección, pero no sabían porqué.
En un momento, Nico abrazó a Liliana con tal fuerza que la dejó sin respiración por unos momentos.
- ¿A qué viene esto?
- A tu respuesta. -El chico rió con ganas.
Ambos se conocían. Sabían toda su vida el uno del otro. Pero al igual que todos, siempre quedaba algo que no iban a saber ambos.
* * * * * * *
Era una tarde de invierno en Viena. Los dos amigos habían salido a dar una vuelta por la ciudad, llegando hasta un parque céntrico. Las calles estaban cubiertas por una capa no muy espesa de nieve. Y el cielo aún gris, pero por ello, no dejaba de nevar. Desde el comienzo de su paseo, Nico no había hablado mucho. Estaba preocupado, como pensando en algo. Se pararon frente a una fuente, ahora sin echar agua por los cuatro puntos cardinales, en los cuales había como una especie de caracolas. Fue en ese momento cuando Liliana se decidió a preguntar.
- Nico, ¿qué ocurre?
- Es... Algo complicado de explicarte. -Susurro, sin mirarla. Miraba la nieve. Frunció los labios de tal manera que formaran una finísima línea.- Oye, Lili. ¿Por qué la nieve es blanca?
Esa pregunta la pilló con la guardia baja. Pensó en sus palabras anteriores y luego en la respuesta.
- Quizás porque haya olvidado su color. Pero no por ello deja de ser igual de bella. -Guardó las manos en los bolsillos completamente agarrotadas por el frío.- Explícame tus palabras, por favor.
Nico suspiró con pesadez, costosamente. Luego miró directamente a los ojos azulados de su amiga. En ellos se veía tristeza, ¿a qué se debía? ¿Dónde había quedado ese brillo de alegría, de felicidad?
- Los médicos me han... Hecho unas pruebas. Y... -Abrazó a su compañera, con cariño, como si quisiera aferrarse a ella sobretodas las cosas.- Me quedan tres meses de vida. Tengo un problema de corazón. No hay solución, Lili. Es imposible remediar todo esto.
La joven enterró el rostro en el pecho de él, abrazándolo por los hombros, negando varias veces mientras las lágrimas comenzaban a aflorar por sus ojos bajando por sus mejillas.
- No, no, no. No es verdad, Nico. -Decía con voz ahogada por las lágrimas, rota por la noticia.- Esto es mentira. No puedes irte así como así. ¡No es justo! Tú no.
En ese momento el abrazo se rompió. Nico se separó de ella, pero apoyó ambas manos sobre los hombros de su amiga.
- Mírame, por favor. -Liliana alzó la mirada, tenía los ojos rojos e hinchados por haber llorado, y Nico tenía la mirada anegada a lágrimas que intentaba contener.- Aunque no esté aquí. Tú continúa hacia adelante. No miras hacia atrás. Nunca. Recuerda todo lo bueno. Sonríe, no quiero verte llorar, ¿entiendes?
Ella asintió con lentitud, asumiendo todo. No quería llorar.
Pasados esos tres meses, Nico murió. Era el típico día gris, pero la primavera iba llegando poco a poco. Una brisa algo fresca soplaba en la ciudad apenas notable, pero en el cementerio se hacía notar.
"No llores, no llores", se decía a ella misma, "recuerda la promesa."
Hacía un par de meses, le había hecho una promesa a Nico.
<< - Prométeme que no llorarás cuando no esté aquí. -Dijo en un susurro apenas audible.
- Te lo prometo. Lo prometo.
- ¿Sabes qué? Por cada vez que llores, una estrella se apagará. Y no quiero eso. Quiero ver, saber que estás bien. Que sonríes. Que cada vez que lo hagas sea por los dos. >>
En ese mismo instante, al recordar aquel momento, sintió ganas de llorar. Terminado el funeral, dio el pésame a sus padres, pero ella se quedó un poco más allí. Observaba el lugar en el que ahora se encontraba su amigo, su buen amigo. Se acercó hasta ella. Los ojos le escocían, necesitaba llorar. Llorar de rabia, de impotencia, de dolor. Cayó rendida de rodillas sobre la hierba fresca. Llevo las manos hasta su cara, comenzó a llorar en silencio, impotente. ¿Por qué él? Precisamente él. La única persona que más le había importado, y se había ido. Se había ido para siempre.
- No llores, no llores. - Se decía a sí misma.- Lo que rompen la promesa son unos traidores. Cálmate, Liliana.
Lo siguió diciendo un par de minutos más. Hasta que consiguió calmarse. En ese momento se levantó, hizo un movimiento de mano, como una despedida, saliendo del cementerio.
"Cuando pierdes a alguien para siempre, lo que esa persona quiere es que no mires hacia atrás. Si no que continúes andando, por muchos obstáculos que encuentres a tu paso. Porque realmente, si esa persona para tí es importante, vives por ella y por tí."
ஜ En los lugares menos sospechados, puede que surja alguna sorpresa
- ¿¡Liliana!? - Apenas fue un grito entre todo el gentío en la urbe de Copenhague, que se perdió en ella. Todo eran personas, cabellos, palabras que se las llevaba el aire. En la entrada al teatro más conocido de la ciudad se encontraba la joven italiana, con sus cabellos rubios recogidos en dos trenzas que caían por sus hombros. Observaba el cartel con el título en una letra increíblemente llamativa. En color rojizo, adornado por un hombre, cubriendo la mitad su rostro con una máscara blanca. El Fantasma de la Ópera, esa obra de teatro, aquellos entrañables personajes. Esa obra de teatro que nunca pudo interpretar por una maldita enfermedad, por la enfermedad de su mejor amigo y que había acabado con su vida años atrás. Una ola de melancolía y añoranza se abalanzó sobre ella, dejándola sin respiración por unos segundos.
Una simple mano, un toque en su hombro, una voz totalmente conocida fue suficiente para sacarla de aquel mar negro para convertirse en una cantidad rebosante de sentimientos fraternales, llenos de ternura y cariño. Su padre. Del que de pequeña se consideraba su enamorada junto con su madre. Sus ojos comenzaron a escocerle, pero no le importaba. Lo había echado de menos, pero no se imaginaba hasta que punto era aquel sentimiento de necesidad. Su cuerpo pedía a gritos un abrazo de aquella persona, una simple caricia, una sola palabra de sus labios para hacer que volviera a ser aquella niña, que conocía un poco del mundo, pero que sin embargo, mantenía su inocencia intacta, su brillo infantil y bondadoso en aquella mirada azulada, que aumentó aquel color gracias a las lágrimas.
- ¿Papá? - Dijo, con voz costosa ahogada por las lágrimas y la emoción. Le costaba creerse que, después de tanto tiempo, se lo encontrara en el lugar que menos se esperaba. Tardó en reaccionar, asegurándose de que no estaba soñando, que eso no era una pesadilla, que era real. Cuando fue consciento de aquella realidad, sus ojos permitieron que un par de lágrimas recorrieran su piel, humedeciéndola, dejando un rastro mojado en sus mejillas y aquel sabor salado. Sin pensárselo dos veces, se tiró a su brazos, volviéndose a sentir niña cuando se percató de que su padre la rodeaba con los suyos.
¿Era eso real? ¿Era, acaso, ese su padre? Lo más probable sería que fuera una mala pasada, un juego de su mente que le hacía creer que ese era su padre. Pero él estaba allí, era real, no era producto de su imaginación.
- Vamos a otro lugar. Aquí no nos podemos quedar, pequeña. - La tomó de la mano, sin esperar respuesta alguna y la guió hasta un pequeño puerto pesquero, donde se podía respirar total tranquilidad, y el sabor del aire era salado, agradable y fresco. - ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Aquella respuesta la pilló por sorpresa, no sabía que contestar, pero al hacerlo solo consiguió decir unas pocas palabras, y la mayor parte eran sueltas. Intentó calmarse, diciendo lo que quería desde un principio: - Porque solo he conocido una parte de Europa, y nunca pasé de Viena, y decidí venir hasta aquí.
- Y al llegar aquí, en un lugar que ni siquiera tú sospechaste, te surje una sorpresa. Me alegro de verte, pequeña. - La llevó hasta el final del muelle, dejando que observara el agua de mar. Estaba maravillada, era clara, transparente.
- ¿Y mamá? Ví que es Christine en el reparto de actores. - Un estremecimiento que apenas lo notó su padre, el mero hecho de haber sido dañada por un sueño en el que la mujer que la había herido tiene el mismo nombre que el personaje que interpretaba su madre. Se llevó una mano a su ojo, el mismo que dañó ella, pero era agua pasada.
- Está ocupada, en efecto, con a obra. Le ha costado demasiado conseguir ese papel, y se pasa el día en el teatro. Ya sabes como es ella, Liliana. El teatro es su vida, al igual que la mía es mi trompeta.
- Y yo, sin embargo, vivo de la actuación y la música, siendo una unión de las aficiones de mis padres. - En ese momento, sus labios se curvaron, formando una amplia sonrisa, dejando ver una hilera de dientes blancos, perfectos y brillantes. - Y mañana, me gustaría ver a mamá en acción.
- Eso no es problema. Irás conmigo, al fin y al cabo, somos de padre, madre e hija y nos darán luz verde.
La joven asintió. Echaba tanto de menos el poder volver a estar con su familia. Habían pasado dos años desde que se separaron, para muchos eso es poco tiempo cuando estás con la familia, pero una vez que te alejas de ella, se te hace eterno. Parece que aún así, todo ocurrió mucho tiempo atrás, pero cuando vuelves a reunirte, solo deseas que se pare el tiempo, que tú controles todo ese tiempo que se escapa sin nosotros poder impedirlo.
Al día siguiente, ya entrada la tarde, una gran cola de personas, todas ellas ataviadas con sus mejores ropas, se encontraban en la entrada del teatro, esperando que el portero cojiera su entrada y pudiesen pasar. Liliana y su padre, estaban en el camerino con su madre. Ella estaba terminando de arreglarse para su actuación, y su hija no dejó de hablar en ningún momento sobre todo lo que le había sucedido en aquellos dos años. Les habló de Noira, su gran amiga, pintora despistada, pero que se dejaba querer. De Ville, de todo lo que había pasado con él, de lo bueno y de lo malo. Les contó su viaje a Italia, la carta de su abuelo para ella y la muerte de su abuela, lo cual volvió a hacer que, por un momento, se volviera a hundir, pues ya eran muchas personas a las que había perdido y otras tantas la habían abandonado, y eso le resultaba incomprensible para ella. Sus padres, por el contario, le contaron todo lo bueno por lo que habían pasado, sus viajes por Francia y Luxemburgo, Bélgica y Alemania, y finalmente Dinamarca. Su madre, poco a poco se había ganado reconocimiento, y varios teatros la llamaban para que actuara con sus compañías, y su padre, seguía en su tónica, tocaba por las noches en los club's o locales que podía, frecuéntandolos varias noches, dándose a conocer. Después de contar todo lo sucedido, los tres se fundieron en un abrazo, como antes, y desearon suerte a Carla.
No perdió de vista ningún detalle, ni a su madre, que se metía en el papel, parecía todo completa realidad. Observaba a ratos a su padre, que miraba a su madre maravillado, orgulloso de que esa mujer, de cabellos rubios, algo más oscuros que su hija y ojos grisáceos fuera su mujer. Para Liliana, el mejor tesoro, más valioso que el oro puro, eran ellos. Sus padres, aquellos que le habían enseñado todo lo que sabe y que la habían apoyado y aconsejado siempre, los que nunca se apartaron de su lado.
Al día siguiente, Liliana debía de marcharse, había pasado tiempo fuera y sin, ni siquiera, despedirse de la gente que hubiera querido. Tenía que volver, no quería preocupar a más gente, pero prometió buscar a sus padres en otra ocasión. Su madre, tenía los ojos bañados en lágrimas, pero intentaba mantenerse firme, sin apenas derrarmar una sola lágrima, pero fue en vano. Estrechó a Liliana entre sus brazos, susurrando cuánto la extrañó y cuánto la extrañaría. Que a pesar de que había crecido, sigue siendo una niña. Su padre, casi hizo lo mismo, solo que la cogió por los costados, levantándola, sin hacer apenas fuerza, del suelo. Pero le dio un poco de dinero para el viaje de vuelta, pues lo necesitaría más adelante. En aquel momento, sentía que no podía dejarlos ahora que se había encontrado con ellos, pero ella quería seguir viajando, conocer mundo, y aún así, cuando subió en el tren que la llevaría de vuelta, sentía como dejaba atrás, otra vez, a las personas por las que recorrería tierra, mar y aire por ayudarlas.
Una simple mano, un toque en su hombro, una voz totalmente conocida fue suficiente para sacarla de aquel mar negro para convertirse en una cantidad rebosante de sentimientos fraternales, llenos de ternura y cariño. Su padre. Del que de pequeña se consideraba su enamorada junto con su madre. Sus ojos comenzaron a escocerle, pero no le importaba. Lo había echado de menos, pero no se imaginaba hasta que punto era aquel sentimiento de necesidad. Su cuerpo pedía a gritos un abrazo de aquella persona, una simple caricia, una sola palabra de sus labios para hacer que volviera a ser aquella niña, que conocía un poco del mundo, pero que sin embargo, mantenía su inocencia intacta, su brillo infantil y bondadoso en aquella mirada azulada, que aumentó aquel color gracias a las lágrimas.
- ¿Papá? - Dijo, con voz costosa ahogada por las lágrimas y la emoción. Le costaba creerse que, después de tanto tiempo, se lo encontrara en el lugar que menos se esperaba. Tardó en reaccionar, asegurándose de que no estaba soñando, que eso no era una pesadilla, que era real. Cuando fue consciento de aquella realidad, sus ojos permitieron que un par de lágrimas recorrieran su piel, humedeciéndola, dejando un rastro mojado en sus mejillas y aquel sabor salado. Sin pensárselo dos veces, se tiró a su brazos, volviéndose a sentir niña cuando se percató de que su padre la rodeaba con los suyos.
¿Era eso real? ¿Era, acaso, ese su padre? Lo más probable sería que fuera una mala pasada, un juego de su mente que le hacía creer que ese era su padre. Pero él estaba allí, era real, no era producto de su imaginación.
- Vamos a otro lugar. Aquí no nos podemos quedar, pequeña. - La tomó de la mano, sin esperar respuesta alguna y la guió hasta un pequeño puerto pesquero, donde se podía respirar total tranquilidad, y el sabor del aire era salado, agradable y fresco. - ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Aquella respuesta la pilló por sorpresa, no sabía que contestar, pero al hacerlo solo consiguió decir unas pocas palabras, y la mayor parte eran sueltas. Intentó calmarse, diciendo lo que quería desde un principio: - Porque solo he conocido una parte de Europa, y nunca pasé de Viena, y decidí venir hasta aquí.
- Y al llegar aquí, en un lugar que ni siquiera tú sospechaste, te surje una sorpresa. Me alegro de verte, pequeña. - La llevó hasta el final del muelle, dejando que observara el agua de mar. Estaba maravillada, era clara, transparente.
- ¿Y mamá? Ví que es Christine en el reparto de actores. - Un estremecimiento que apenas lo notó su padre, el mero hecho de haber sido dañada por un sueño en el que la mujer que la había herido tiene el mismo nombre que el personaje que interpretaba su madre. Se llevó una mano a su ojo, el mismo que dañó ella, pero era agua pasada.
- Está ocupada, en efecto, con a obra. Le ha costado demasiado conseguir ese papel, y se pasa el día en el teatro. Ya sabes como es ella, Liliana. El teatro es su vida, al igual que la mía es mi trompeta.
- Y yo, sin embargo, vivo de la actuación y la música, siendo una unión de las aficiones de mis padres. - En ese momento, sus labios se curvaron, formando una amplia sonrisa, dejando ver una hilera de dientes blancos, perfectos y brillantes. - Y mañana, me gustaría ver a mamá en acción.
- Eso no es problema. Irás conmigo, al fin y al cabo, somos de padre, madre e hija y nos darán luz verde.
La joven asintió. Echaba tanto de menos el poder volver a estar con su familia. Habían pasado dos años desde que se separaron, para muchos eso es poco tiempo cuando estás con la familia, pero una vez que te alejas de ella, se te hace eterno. Parece que aún así, todo ocurrió mucho tiempo atrás, pero cuando vuelves a reunirte, solo deseas que se pare el tiempo, que tú controles todo ese tiempo que se escapa sin nosotros poder impedirlo.
Al día siguiente, ya entrada la tarde, una gran cola de personas, todas ellas ataviadas con sus mejores ropas, se encontraban en la entrada del teatro, esperando que el portero cojiera su entrada y pudiesen pasar. Liliana y su padre, estaban en el camerino con su madre. Ella estaba terminando de arreglarse para su actuación, y su hija no dejó de hablar en ningún momento sobre todo lo que le había sucedido en aquellos dos años. Les habló de Noira, su gran amiga, pintora despistada, pero que se dejaba querer. De Ville, de todo lo que había pasado con él, de lo bueno y de lo malo. Les contó su viaje a Italia, la carta de su abuelo para ella y la muerte de su abuela, lo cual volvió a hacer que, por un momento, se volviera a hundir, pues ya eran muchas personas a las que había perdido y otras tantas la habían abandonado, y eso le resultaba incomprensible para ella. Sus padres, por el contario, le contaron todo lo bueno por lo que habían pasado, sus viajes por Francia y Luxemburgo, Bélgica y Alemania, y finalmente Dinamarca. Su madre, poco a poco se había ganado reconocimiento, y varios teatros la llamaban para que actuara con sus compañías, y su padre, seguía en su tónica, tocaba por las noches en los club's o locales que podía, frecuéntandolos varias noches, dándose a conocer. Después de contar todo lo sucedido, los tres se fundieron en un abrazo, como antes, y desearon suerte a Carla.
No perdió de vista ningún detalle, ni a su madre, que se metía en el papel, parecía todo completa realidad. Observaba a ratos a su padre, que miraba a su madre maravillado, orgulloso de que esa mujer, de cabellos rubios, algo más oscuros que su hija y ojos grisáceos fuera su mujer. Para Liliana, el mejor tesoro, más valioso que el oro puro, eran ellos. Sus padres, aquellos que le habían enseñado todo lo que sabe y que la habían apoyado y aconsejado siempre, los que nunca se apartaron de su lado.
Al día siguiente, Liliana debía de marcharse, había pasado tiempo fuera y sin, ni siquiera, despedirse de la gente que hubiera querido. Tenía que volver, no quería preocupar a más gente, pero prometió buscar a sus padres en otra ocasión. Su madre, tenía los ojos bañados en lágrimas, pero intentaba mantenerse firme, sin apenas derrarmar una sola lágrima, pero fue en vano. Estrechó a Liliana entre sus brazos, susurrando cuánto la extrañó y cuánto la extrañaría. Que a pesar de que había crecido, sigue siendo una niña. Su padre, casi hizo lo mismo, solo que la cogió por los costados, levantándola, sin hacer apenas fuerza, del suelo. Pero le dio un poco de dinero para el viaje de vuelta, pues lo necesitaría más adelante. En aquel momento, sentía que no podía dejarlos ahora que se había encontrado con ellos, pero ella quería seguir viajando, conocer mundo, y aún así, cuando subió en el tren que la llevaría de vuelta, sentía como dejaba atrás, otra vez, a las personas por las que recorrería tierra, mar y aire por ayudarlas.
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